EL INFIERNO
58
Todos los que están en los infiernos están en los males y en los errores que hay en ellos, derivados del amor al yo (egoísmo) y al mundo
551.
Todos los que están en los infiernos se hallaren males y por estos en
falsedades, y nadie allí sé halla en males y sin embargo en verdades; la
mayor parte de los hombres malos en el mundo conocen las verdades
espirituales, las cuales son las verdades de la iglesia, porque las han
aprendido en la infancia, y luego por sermones y por lectura del Verbo,
hablando después a base de ellas; algunos (han conseguido hacer creer a
otros) que eran cristianos de corazón, habiendo adquirido el arte de
hablar, con mentida inclinación, en conformidad con las verdades, y
también de obrar sinceramente como si obrasen por una fe espiritual;
pero aquellos entre ellos que en sí mismos han pensado contrariamente a
estas verdades y de acuerdo con sus pensamientos se han abstenido de
malas obras únicamente a causa de las leyes civiles, de la reputación,
de puestos de honor, de ganancias; son todos malos en su corazón, y se
hallan en verdades y bienes tan sólo con respecto al cuerpo, no con
respecto al espíritu. Cuando, por lo tanto, en la otra vida, se les
quita los exteriores, descubriéndose los interiores que pertenecen a su
espíritu, se hallan completamente en males y falsedades, y de ninguna
manera en verdades y bienes, echándose de ver que las verdades y los
bienes han tenido su raíz exclusivamente en su memoria, no difiriendo en
manera alguna de las cosas científicas, y que las han sacado de allí
cuando hablaban y aparentaban bienes como si fuera por amor y fe
espiritual. Cuando tales (espíritus) son introducidos en su estado
interior, por consiguiente en sus males, no pueden ya hablar verdades,
sino solamente falsedades, puesto que hablan por los males, porque
hablar verdades por males es imposible, siendo así que allí el espíritu
no es más que su propio mal, y la falsedad procede de su mal. Todo
espíritu malo es introducido en este estado antes de ser echado al
infierno (véase arriba, n. 499-512). Esto se llama ser devastado con
respecto a las verdades y los bienes, y la devastación no es más que
introducción en los interiores, por consiguiente, en lo propio del
espíritu, o en el mismo espíritu, (sobre esto puede también verse
arriba, n. 425).
552.
Cuando después de la muerte el hombre es así no es ya hombre-espíritu,
como es en su primer estado (de lo cual arriba, n. 491-498), sino que es
verdaderamente espíritu, porque, un verdadero espíritu tiene un rostro y
un cuerpo que corresponden a sus cosas interiores, que pertenecen a su
mente, es decir, tiene una forma exterior que es el tipo o imagen de sus
cosas interiores; tal es el espíritu después de ser pasado el primero y
segundo estado de los cuales arriba; por lo cual al ser entonces
contemplado con los ojos es conocido inmediatamente cual y como es, no
tan sólo por la cara sino también por el cuerpo, y además por el habla y
los gestos; y estando entonces en sí mismo no puede estar más que allí
donde se hallan sus parecidos. Es que en el mundo espiritual tiene lugar
toda clase de comunicación mutua, de inclinaciones y por consiguiente de
pensamientos, por lo cual el espíritu es conducido a sus semejantes,
como si fuere por sí mismo, puesto que es conducido por su inclinación y
por consiguiente por su gusto, y hasta se vuelve hacia ellos, porque de
esta manera respira su vida, o respira libremente, lo cual no hace
cuando se vuelve en otra dirección. Hay que saber que en la otra vida la
comunicación con otros se verifica según la dirección del rostro, y que
se hallan delante del rostro de cada uno, aquellos que están en similar
amor que el suyo, y esto en cada movimiento del cuerpo (véase arriba n.
151). De ahí viene que todos los espíritus en el infierno se vuelven en
sentido opuesto al Señor hacia el punto negro tenebroso, y el punto
escuro que allí están en el lugar del sol y de la luna del mundo, pero
todos los ángeles del cielo se vuelven hacia el Señor, como el sol del
cielo y como la luna del cielo (véase arriba, n. 123, 143, 144, 151).
Puede por lo tanto ser claro que todos los que están en los infiernos
están en males y por ellos en falsedades, así como que se vuelven hacia
sus amores.
553.
Todos los espíritus en los infiernos, al ser contemplados en alguna luz
celestial, aparecen en la forma de su mal, siendo así que cada uno es la
imagen de su mal, porque en cada uno las cosas interiores y exteriores
obran como una sola cosa y los interiores se presentan visibles en las
exteriores, que son el rostro; cuerpo, el habla y los gestos; de esta
manera al ser contemplados, son conocidos cuales y como son;
generalmente son formas del desprecio para los demás, de amenazas contra
los que no les honran; son formas de varias clases de odios; son formas
de sentimientos de venganzas, también de varias clases. Al través de las
mismas arden pasiones y crueldades desde los interiores; pero cuando
otros les alaban, les honran y les adoran, se contraen sus rostros y
parecen contentos por el gusto; los diferentes aspectos de todas estas
formas no pueden decirse con pocas palabras porque no hay una que sea
igual a otra; únicamente hay una similitud general entre los que se
hallan en un parecido mal y por ello en una misma sociedad infernal, a
causa de cuya similitud general los rostros de los individuos que allí
están parecen derivaciones de un mismo original, presentando cierta
similitud entre sí; generalmente sus rostros son atroces, lívidos como
de cadáveres; algunos son negros, otros de color de fuego, ardiente como
de antorchas, otros monstruosos a causa de postillas, várices y úlceras;
en algunos no se ve rostro sino en su lugar una cosa peluda o osificada;
en algunos se ve tan sólo la dentadura. Sus cuerpos son igualmente
monstruosos, y hablan como por ira o por odio o por venganza, porque
cada uno habla por su falsedad y su voz tiene el timbre de su mal, en
una palabra, son todos imágenes de sus (respectivos) infiernos. En que
forma general se halla el infierno mismo no me ha sido dado ver; se me
ha dicho únicamente que así como el cielo entero en conjunto representa
a un solo hombre (n. 59-67) así representa el infierno en conjunto a un
solo demonio, y puede asimismo presentarse en la imagen de un solo
demonio (véase arriba, n. 544); pero en que forma se hallan los
infiernos particularmente, o sea las sociedades infernales, me ha sido
permitido ver muy a menudo, porque por sus orificios, que se llaman las
puertas de los infiernos, aparece por regla general un monstruo, que
representa en imagen la forma de los que se hallan allí dentro. Las iras
de los allí presentes son asimismo representadas mediante cosas atroces
y espantosas, cuya descripción omitimos. Hay que saber que los espíritus
infernales aparecen así en la luz del cielo, pero entre ellos parecen
hombres; esto por la misericordia del Señor, a fin de que no sean
también entre sí, monstruosidades, como aparecen ante la vista de los
ángeles, pero ese parecer es una ilusión, porque tan pronto como sea
introducida alguna luz del cielo, se transforman sus cuerpos humanos en
formas monstruosas, tales cuales son en sí mismos. Por esto huyen
también de la luz del cielo, echándose en su lumen que es como el
reflejo de carbones encendidos, y en algunas partes, como fuego de
azufre, pero este lumen se muda también en negras tinieblas, al influir
allí alguna luz del cielo. Por esto se dice que los infiernos se hallan
eh tinieblas y en oscuridad y que las tinieblas y la oscuridad
significan falsedades procedentes del mal, tales cuales existen en el
infierno.
554. Por
la examinación de las formas monstruosas de los espíritus que se hallan
en los infiernos, los cuales, como queda dicho, son todas ellas formas
del desprecio para otros, así como de amenazas contra los que no les
honran y estiman, y también formas del odio, y del sentimientos de
venganzas contra los que no les favorecen, ha resultado claro que todos
habían sido formas del egoísmo y del amor al mundo, y que los males
cuyas propias formas son, derivan su origen de estos dos amores. Se me
ha dicho del cielo y asimismo ha sido probado por mucha experiencia que
estos dos amores, es decir el amor a sí mismo y el amor al mundo, reinan
en los infiernos y también constituyen los infiernos; que el amor al
Señor y el amor al prójimo reinan en los cielos, constituyendo asimismo
los cielos, así como que los dos amores que son los amores del infierno
y los dos amores que son los amores del cielo, son diametralmente
opuestos.
555. Al
principio extrañaba de que el amor propio y el amor al mundo fuesen tan
diabólicos, y de que los que se hallan en ellos tengan aspectos tan
monstruosos, siendo así que en el mundo pocos reparan en el amor propio
pero mas en la soberbia de la mente con respecto a cosas exteriores,
cuya soberbia se llama orgullo y sólo este cualifican de egoísmo, puesto
que se manifiesta a la vista, y además creen que el amor propio, que no
ensoberbece de la indicada manera, es el fuego de la vida, por el cual
el hombre es estimulado a buscar ocupaciones y prestar usos y provechos
y si el hombre no viera en estos honor y gloria, decaería su animo.
Dicen: ¿Quién hizo jamás una cosa digna, provechosa y notable no siendo
el objeto el ser alabado y honrado por otros o en las mentes ajenas, y
de dónde vino este móvil si no vino por el fuego del, amor a gloria y
honra, que por consiguiente, lo hizo a causa de sí mismo? De ahí viene,
que en el mundo se ignora que el amor propio, en y por sí considerado,
es el amor que reina en el infierno y hace el infierno en el hombre. En
vista de esto explicaré primero lo que es el amor propio y después que
de este amor salen todos los males y por ellos todas las falsedades.
556. El
amor propio es el desear el bien a sí mismo únicamente y no a otros,
sino a causa de sí mismo, ni siquiera a la iglesia, a la patria, o a
sociedad humana alguna, y también es hacerles bien únicamente a causa de
su propia fama, de su propia gloria y honor, y caso de no esperar estas
ventajas de los servicios que les presta, dice en su corazón: ¿A qué
sirve? ¿Por qué? ¿Y qué provecho me da? Y deja de hacerlo. De aquí es
claro que él que se halla en amor propio no ama a la iglesia, ni a la
patria, ni a la sociedad, ni a provecho alguno, sino sólo y únicamente a
sí mismo. Su goce no es otro que el goce del amor propio, y puesto que
el goce que procede de este amor constituye la vida del hombre, sigue
que su vida es una vida propia, y la vida propia es la vida de la
naturaleza propia del hombre, cuya naturaleza propia en y por sí
considerada no es más que mal. El que ama a sí mismo ama también los
suyos, particularmente sus hijos y sus nietos y en general todos los que
están unidos a él; los cuales llama suyos. Amar a estos y aquellos es
también amar a sí mismo, porque ama por así decir a ellos en sí mismo y
a sí mismo en ellos. Entre los que llama suyos se cuentan también los
que le alaban, honran y adoran.
557. Por
una comparación con el amor celestial puede verse cual y como es el amor
propio. El amor celestial es amar los provechos a causa de los provechos
o los bienes a causa de los bienes y hacerlos en favor de la iglesia, de
la patria, de la sociedad y del conciudadano; porque esto es amor a Dios
y amor al prójimo, puesto que todos los provechos y todos los bienes son
de Dios, y también son el prójimo al que se debe amar. Por otra parte él
que les ama a causa de sí mismo, no les ama más que como servidumbre, a
causa del servicio. De allí viene que él que, se halla en amor propio
quiere que la iglesia, la patria, la sociedad y los conciudadanos le
sirvan a él y no él a ellos; él se ensalza sobre ellos y les pone a
ellos bajo sí mismo, de ahí que cuanto uno se halla en amor propio tanto
se aparta del cielo, puesto que se aparta del amor celestial.
558.
(primero). Además, en la medida en que se halla uno en amor celestial,
que es amar los provechos y bienes y sentir cordial gozo al
proporcionarlos en beneficio de la iglesia, de la patria, de la sociedad
y de los conciudadanos, en ésta medida es guiado por el Señor, puesto
que este amor es el amor en el cual está Él mismo y que viene de Él.
Pero en la medida en que uno se halla en amor propio, que es querer
prestar usos, provechos y bienes sólo por causa de sí mismo, en esta
medida es guiado por sí mismo; cuanto es guiado por sí mismo tanto deja
de ser guiado por el Señor; de ahí sigue también que en la medida en que
uno ama a sí mismo, en esta medida se aleja de lo Divino, y por
consiguiente también del cielo. Ser guiado por sí mismo es ser guiado
por su naturaleza propia, y la naturaleza propia del hombre no es más
que maldad; porque es su mal hereditario el cual es amar a sí mismo más
que a Dios, y al mundo más que al cielo. El hombre entra en su propia
naturaleza es decir, en su mal hereditario, cada vez que se mira á sí
mismo en el bien que hace, porque mira desde el bien hacia sí mismo y no
desde sí mismo hacia el bien; por lo cual reproduce en el bien su propia
imagen y no imagen alguna Divina. Que así es he podido confirmar por
experiencia. Existen malos espíritus, cuyos lugares se hallan situados
entre el norte y el este por debajo de los cielos, los cuales son
expertos en el arte de introducir espíritus rectos en su naturaleza
propia y por consiguiente en varias clases de males, lo cual verifican
con inducirles a pensar en sí mismos, o bien con alabarles y honrarles
abiertamente o secretamente con inclinar sus deseos hacia ellos mismos,
y conforme consiguen esto consiguen apartar los rostros de los espíritus
rectos del cielo, ofuscar su entendimiento, y despertar males en su
naturaleza propia.
558.
(segundo). Que el amor a sí mismo es opuesto al amor al prójimo puede
verse por su respectivo origen y naturaleza. El amor al prójimo, en los
que se hallan en amor a sí mismo, principia por ellos mismos, porque
dicen que cada uno es su prójimo, y desde este prójimo, como centro, se
extiende a todos los que se hallan unidos a ellos mismos, disminuyendo
según los grados de unión con ellos mismos mediante el amor. A los que
se hallan fuera de este círculo consideran como si fueren nadie, y a los
que hacen oposición a ellos y a sus amigos consideran como enemigos, sin
reparar en su calidad; aunque fueren sabios, rectos, sinceros y justos.
Pero el amor espiritual al prójimo principia por el Señor y de Él como
de su centro se extiende a todos cuantos que se hallan unidos a Él
mediante el amor y la fe, y se extiende según y conforme la calidad del
amor y de la fe en ellos. De aquí es claro que el amor al prójimo que
principia por el hombre es opuesto al amor al prójimo que principia por
el Señor; aquel sale del mal, puesto que sale de la naturaleza propia
del hombre; este, por el contrario del bien, puesto que sale del Señor,
quien es el Bien Mismo. Asimismo es claro que el amor al prójimo que
sale del hombre y de su propia naturaleza es corporal, pero el amor al
prójimo que procede del Señor es celestial. En una palabra, el amor
propio constituye la cabeza en el hombre en que se halla, y el amor
celestial constituye en él sus pies; sobre este amor se tiene en pie y
si no sirve a sus fines, lo aplasta y pisotea. Es por esto que aquellos
que van al infierno parecen ser echados por la espalda de cabeza al
infierno, y los pies al aire hacia el cielo (véase arriba, n. 548).
559. El
amor asimismo es también de tal naturaleza que a medida que se le afloja
las riendas, es decir a medida que son apartados los vínculos
exteriores, los cuales son temores de. la ley y del castigo, perdida de
reputación, honra, ganancia, ocupación, y vida, se lanza adelante y
finalmente hasta el punto de que no tan sólo quiere mandar sobre todo el
orbe terrestre sino también sobre todo el cielo y sobre lo Divino mismo;
no existe para el límite o fin alguno; así es en el fondo cada uno que
se halla en amor a sí mismo por más que no se nota en el mundo, donde lo
indicados, vínculos le detienen; que esto es así puede ver todo el mundo
por hombres poderosos y reyes, para los cuales no existen tales frenos y
vínculos; porque se lanzan a la conquista de provincias y reinos cuanto
puedan, y ambicionan poderío y honores sin límites. Que esto es así se
ve además por la Babilonia moderna, que extiende su dominio hasta el
cielo y reclama para sí todo el poder Divino del Señor, avanzando sin
cesar; que tales hombres están enteramente en oposición a lo Divino y al
cielo, declarándose en favor del infierno cuando después de la muerte
entran en la otra vida, puede verse en el opúsculo "El Último Juicio" y
" La Babilonia Destruida".
560.
Figúrate una sociedad de semejantes hombres todos amando a sí mismos y
no a otros más que en la medida que forman uno con ellos mismos, y verás
que su amor no es más que un amor de bandidos entre sí, los cuales
mientras que son compañeros se abrazan y se llaman amigos, pero, cuando
no son compañeros, combatiendo los unos el dominio de los otros, se
echan sobre ellos, destruyéndoles. Si fuesen examinadas sus cosas
interiores o sea sus ánimos, se vería que son llenos de un odio hostil
uno contra otro, y que en su corazón se ríen de todo lo que es recto, y
sincero, y asimismo de lo Divino, lo cual rechazan como una cosa sin
valor. Esto consta mejor aun por sus sociedades en el infierno, sobre
los cuales más adelante.
561. Las
cosas interiores en los que se aman a sí mismo sobre todas las cosas
cuyas cosas son de los pensamientos y de las inclinaciones se hallan
dirigidas hacia ellos mismos y hacia el mundo, por consiguiente
apartadas del Señor y del cielo. De allí viene que se hallan infestados
de todas clases de males, y que lo Divino no puede influir, puesto que
tan pronto como influye es sumergido por sus pensamientos dirigidos a
ellos mismos, corrompido, y asimismo infundido en los males que proceden
de su propia naturaleza. De ahí viene que en la otra vida todos estos
miran en dirección opuesta al Señor hacia el punto negro tenebroso que
está en lugar del sol del mundo, y que es diametralmente opuesto al sol
del cielo, que es el Señor (véase arriba, n. 123); las negras tinieblas
significan, por lo demás, el mal, y el sol del mundo, amor a sí mismo.
562. Los
males que tienen aquellos que se hallan en amor a sí mismo son en
general: desprecio a los demás, envidia, enemistad contra todos los que
no les favorecen, hostilidad a consecuencia de ello, odio de varias
especies, sentimientos de venganza, astucia, engaño, inclemencia y
crueldad; y con respecto a las cosas religiosas existe no tan sólo
desprecio de lo Divino, y de las cosas Divinas, que son los bienes y las
verdades de la iglesia, sino también ira contra ellos, cuya ira se
convierte en odio cuando el hombre pasa a ser espíritu, y entonces no
sólo le es insufrible el oirías, sino que también arde en odio contra
todos los que reconocen y adoran a lo Divino. He hablado con cierta
persona, que en el mundo era poderoso y que había amado a sí mismo en
más alto agrado. Al oír mencionar lo Divino, y especialmente al oír
mencionar al Señor, se enfureció tanto por el odio de la ira que ardía
en deseos de matar al que hablaba. Cuando fueron aflojadas las riendas
de su amor, deseaba ser el demonio mismo, a fin de que por su amor
propio pudiera infestar el cielo. Esto anhelan también varios que son de
la religión católica, al advertir en la otra vida de que el Señor tiene
todo el poder y ellos mismos ninguno.
563.
Algunos espíritus aparecieron ante mi vista en dirección del suroeste;
los cuales dijeron que en el mundo, habían ocupado puestos de mucha
dignidad, y que merecían ser preferidos a otros y mandar sobre ellos.
Estos fueron examinados por los ángeles para saber como eran en su
interior, y se averiguó que en sus oficios en el mundo no habían mirado
a los usos y provechos, sino a sí mismos, y que por consiguiente habían
preferido a sí mismos a los provechos. Pero puesto que iban por los
alrededores insistiendo unánimemente en que se les pusiese sobre otros;
se les concedió permiso de estar con aquellos que deliberan sobre
asuntos que pertenecen a oficios de dignidades más eminentes,
observándose, sin embargo, que de ninguna manera podían prestar su
atención a los oficios de que se trataba, ni ver las cosas interiormente
en si mismos; que, hablaban no a raíz del uso y provecho del asunto sino
de su propia naturaleza, y asimismo que deseaban obrar, por beneplácito
según su gusto; por lo cual fueron despedidos de ese oficio y
abandonados al buscarse oficios en otros lugares. Se dirigían con este
objeto hacia el este, y fueron recibidos aquí y allá, pero en todas
partes les fue dicho que no pensaban más que en sí mismos y en ninguna
cosa mas sino desde el punto de vista de sí mismos, de manera que eran
espíritus estúpidos, sensuales, y corporales; por cuya razón fueron
despedidos en todas partes adonde se dirigieron. Después de algún tiempo
se les veía reducidos a la dura necesidad de pedir limosna. De ahí
resultó asimismo claro que aquellos que arden en amor a sí mismo, por
más que en el mundo parezcan hablar sabiamente, hablan únicamente de la
memoria y no de luz alguna racional, por lo cual en la otra vida, cuando
ya no se deja salir a las cosas de la mente natural son más necios que
otros, y esto por la causa de que se hallan separados de lo Divino.
564.
Existen dos clases de dominio; el uno es él del amor al prójimo, el otro
él del amor a sí mismo. Estos dos dominios están en cuanto a su esencia
completamente opuestos el uno al otro. Él que domina por amor al prójimo
quiere bien a todos, y nada ama tanto como los usos y provechos; por
consiguiente servir a los demás (por servir a otros se entiende desear
el bien a otros, y prestar usos y provechos, bien sea a favor de la
iglesia, bien a la patria, bien a la sociedad, bien al conciudadano).
Esto es su amor y el goce de su corazón; en la medida que es elevado a
dignidades sobre otros, siente también alegría, pero no a causa de las
dignidades, sino a causa de los usos y provechos, los cuales puede
entonces prestar con más amplitud y en más abundancia. Tal dominio
existe en los cielos; pero él que ama por amor a si mismo no desea el
bien a persona alguna, mas que a sí mismo. Los usos y provechos que
presta, los prestará causa de su propio honor y gloria, y estos son para
él los únicos provechos. Según él se sirve a otros con el objeto de ser
servido, de recibir honores, y de dominar. Busca dignidades, no a causa
del bien que se debe realizar a favor de la patria y de la iglesia, sino
con el objetó de hacerse acreedor de la consideración de otros y de
conseguir honores, pudiendo así gozarse en su corazón. El amor al
poderío espera a cada uno después de la vida en el mundo, y a los que
han dominado por amor al prójimo; les es dado dominio también en los
cielos, pero entonces no dominan ellos sino los usos que aman, y
dominando los usos, domina el Señor. Por otra parte, los que en el mundo
han dominado por amor a sí mismo, están, después de la vida en el mundo,
en el infierno, y allí son míseros esclavos. He visto a poderosos
hombres, que en el mundo han dominado por amor a sí mismo, desechados
entre los más viles; y algunos entre los que allí viven en medio de los
excrementos.
565. En
cuanto al amor al mundo, por otra parte, es este amor menos opuesto al
amor celestial, puesto que en él no se hallan escondidos tan grandes
males. Amor al mundo es querer atraer los bienes ajenos hacia sí mismo,
por medio de cualquiera artefacto, y también poner su corazón en
riquezas, y ser por el mundo desviado y apartado del amor espiritual,
que es el amor al prójimo, por consiguiente apartado del cielo y de lo
Divino, Pero este amor es de
muchas clases. Existe un amor a bienes con el objeto de ser elevado a
puestos de dignidad, cuyos puestos son el único objeto del amor. Existe
un amor a puestos honoríficos y dignidades con objeto de ganar fortunas:
Existe un amor a bienes a causa de las utilidades mediante las cuales
goza uno en el mundo. Existe un amor a bienes a causa de los mismos
bienes; tal amor tienen los avaros; y así sucesivamente. El objeto con
el cual se ambiciona los bienes se llama uso, y el objeto o el uso es lo
que da al amor su calidad, porque él amor es tal cual es la intención
con la cual se obra; las demás cosas sirven como medios.
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§§ 566—575 Lo que es el
fuego del Infierno y el crujir de dientes |